Esa mañana encontró al cumpleañero en un carruaje rumpo a su Primera Cacería.
Por supuesto, esta no era la primera vez que él iba de caza con su familia. Desde que sus brazos soportaron el peso de un arma él iba a la retaguardia de las expediciones con su familia, con el proposito de ganar experiencia. Aún desde más pequeño había ayudado, aprovechando la voz que su abuelo descibía como "insopotablemente chillona" que tenía en aquellos días.
Tampoco era la primera vez que el cumpleañero mataría en una cacería. El honor se lo había llevado un faisán lento y gordo hacía ya tres años. Su tío lo felicitó entre risas, diciendole que ya era hora, que su puntería era demasiado buena para seguir desperdiciandose. Por esos tiempos las manos del cumpleañero temblaban aún cuando apuntaban contra algo que estaba vivo, pero luego de ese pequeño elogio no volvió a tener ese problema otra vez. Al volver a la hacienda familiar esa noche, el faisán tenía otros dos acompañantes que para la mañana siguiente serían guisado.
No. Esa mañana de Septiembre en la que él cumpía catorce era especial de una manera diferente. Esta era la primera cacería que el lideraría.
El carruaje temblaba en el terreno campestre. Frente a él estaba su madre, con su clásica expresión de disgusto, pero sin decir una palabra. A sus pies estaba la caja que contenía su regalo de cumpleaños. Una reliquia familiar que alguna vez fue de su bisabuelo, meticulosamente restaurada para este día. Las manos del cumpleañero jugueteaban inquietas con los botones de sus mangas, ansiosas de abrir la caja y sentir en ellas el peso de aquel regalo. Pero, por supuesto, antes debía ganarselo.
Para el cumpleañero, fueron horas hasta que el pararon en la explanada que su familia usaba como terreno de caza. Él bajó con la caja, dejando en el carruaje a su madre, que se negó a bajar a ver el espectáculo.
Junto al carruaje en el que él había venido había otros dos iguales. De uno de ellos bajó su padre, seguido de sus dos tíos. Del otro bajó su tía, tirando del brazo a su abuelo. Hacía ya años que su abuelo ya no reconocía el mundo a su alrededor, perdiendose en los pasillos de su propia mansión, llamando por nombres incorrectos a sus propios hijos. Aún así no se le había negado el honor de acompañar a su nieto en su Primera Cacería.
Con manos ansiosas, el cumpleañero abrió la caja que conteía su regalo, al tiempo que otro carruaje se acercaba lentamente a la explanada.
El cuarto carruaje no se parecía en nada a los primeros tres. Pequeño y sencillo, reforzado con barrotes de metal y completamente cubierto sin puertas ni ventanas. Era poco más que una caja, realmente. Dentro estaba la presa destinada al cumpleañero.
"Yo mismo lo elegí" comentó su tío. "Me tomó unos meses encontrar uno así, pero con esos cuernos no te será fácil perderlo de vista"
De la caja, el cumpleañero levantó con cuidado una escopeta de doble barril, fría y brillante. Jugueteó con ella unos momentos, observando cada detalle antes de cargarla, al mismo tiempo que el cuarto carruaje se detenía a una docena de metros de ellos.
Desde fuera del último carruaje lo saludó su hermana. Varios de sus parientes decían que en las cacerías familiares no había nungún lugar para una mujer, pero su hermana supo demostrar un talento que ninguno de los demás niños en la familia poseían. Aún el cumpleañero, con su voz "insoportablemente chillona" podía hacerle competencia a los gritos de su hermana pequeña, que lo reemplazo en su antiguo puesto mientras él se sumaba a la retaguardia del resto de los hombres de la familia.
A las cacerías familiares no podía asistir nadie fuera de la familia, ni siquiera sirvientes que manejen los carruajes. Por esto es que el chofer del cuarto había sido uno de sus primos. Observo con cuidado su carga y, cuidadosamente, sacó la traba a la abertura que tenía en la parte trasera, sin dejar que esta se abra todavía. Le hizo una seña al resto de los hombres y estos prepararon sus armas, sin levantarlas todavía.
El primer tiro era un privilegio del cumpleañero.
Él levantó su arma y aspiró, esperando el momento.
Al mismo tiempo aspiró su hermana, y dejó salir el air en un grito desgarrador. Verdaderamente talentosa. Si él no supiera lo que venía, un grito así lo habría hecho correr del espanto. Y funcionó de maravilla para quien no lo esperaba. El cuarto carruaje empezó a moverse desesperadamente, hasta que alguien salió corriendo de adentro.
El miedo lo hizo ignorar que su puerta había sido destrabada, así como al muchacho que estaba parado perezosamente al lado del carro. Lo hizo ignorar también al pequeño grupo unos metros más allá. En su desesperación solo vió el cielo y la línea de árboles que podían prometerle refugio. Antes de poder pensar ya había empezado a correr. Lo primero que el cumpleañero pudo ver fueron los cuernos. Su tío tenía razón, tenía un par de cuernos largos y rectos, de un vibrante color rojo; imposible de perder de vista.
El cumpleañero estaba impaciente. Había esperado toda la mañana, toda la semana, todo el año, toda la vida. Así que tan pronto como vió la cabeza que sostenían los cuernos, jaló el gatillo.
Llegó a ver, por un instante, que los ojos de su presa eran el mismo marrón que los ojos de su madre.